El Señor de Chalma

“Padre mío. Amorosísimo Señor de Chalma, a tus plantas llego con lágrimas en los ojos y fatiga en el cuerpo, las cuales te ofrezco en agradecimiento por tus bondades”.

Por: Diego Rodarte

Durante la conquista de México, en el poblado de Chalma, existía una cueva a la que los ocuiltecas y malinalcas peregrinaban para adorar al Dios Oxtoteotl (El Señor de las Cuevas) quien según la cosmovisión náhuatl, necesitaba alimentarse de sangre para mantener el universo, por esta razón se realizaban una serie de rituales con cantos, plegarias, sacrificios humanos y actos de canibalismo.

Los primeros misioneros que llegaron a esta zona fueron los frailes agustinos Nicolás de Perea y Sebastián de Tolentino, que habitaron en Ocuilan. Ambos se propusieron evangelizar a toda la comunidad indígena, pero era sumamente difícil debido al culto a Oxtoteotl, quien era adorado por miles de personas de diferentes comunidades.

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Ambos frailes, acompañados por algunos indios que habían sido bautizados, se encaminaron hacia la cueva donde comenzaron a predicar el evangelio, el cual fue rechazado por los indígenas, razón por la que los frailes se mostraron indignados y regresaron al pueblo.

En su pequeño templo, los frailes empezaron a rezar rogando al todopoderoso que los ayudara en su tarea evangelizadora para que Cristo entrara en el corazón de los indígenas. Así pasaron varios días, hasta que se presentó nuevamente la oportunidad de que los frailes regresaran a la cueva para tratar de hacerlos creer en Jesucristo y quitarles el fervor que mostraban a su deidad, pero los ocuiltecas nuevamente los rechazaron y los obligaron a abandonar el lugar.

El 1 de julio de 1539, los indígenas y los dos frailes corrieron a la cueva para admirar un maravilloso portento: el ídolo que pesaba varias toneladas había sido derribado de su altar y en su lugar estaba la sagrada imagen de Jesucristo Crucificado. Los indígenas culpaban a los frailes de haber destruido a su Dios, pero pensaron que era imposible, ya que el ídolo era muy pesado para dos personas y no se observaron huellas de haber arrastrado la imagen, sino que fue alzada y arrojada contra el suelo.

Un tanto renuentes a creer lo que veían, los indígenas se alejaron de aquel sitio y los frailes no dejaron de rezar dando gracias por aquel prodigio. Por la noche, los indígenas regresaron al lugar y fueron testigos de otro milagro: la escultura de nuestro Señor comenzó a emanar una luz intensa que no lastimaba los ojos. Los indígenas llamaron a los frailes para que vieran lo sucedido, ante lo que los frailes no dudaron en proclamar que era un milagro. Se dice que los indígenas sentían algo extraño en su interior y junto con los frailes se arrodillaron para venerar la sagrada imagen.

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Fue así como los lugareños cambiaron rotundamente sus creencias, aceptando el sacrifico de Cristo en la cruz en lugar de los sacrificios que ellos ofrecían a sus antiguas deidades, dando paso al cristianismo. Durante 144 años, el Señor de Chalma fue venerado en la “Cueva de la aparición”, hasta ser trasladado a su templo terminado en 1683, debido a la gran afluencia de peregrinos que llegaban al lugar.

En la actualidad, el Santuario del Señor de Chalma es considerado el cuarto santuario más importante de México, ya que cada año recibe a millones de fieles que llegan de todo el país en peregrinaciones a pie, en bicicleta y a caballo, convirtiéndolo en un lugar lleno de tradiciones y misticismo.

Una de las tradiciones más conocidas es la de los peregrinos que llegan al pie del viejo ahuehuete, frente a la iglesia de Santa Rita, aquellos que llegan por primera vez son distinguidos por una corona de flores y se purifican en el manantial de agua cristalina que nace de las raíces del ahuehuete. Después, los peregrinos bailan como muestra de agradecimiento por haber llegado con bien y estar cerca de su encuentro con el Señor de Chalma.

A modo de exvoto, algunos peregrinos dejan en el ahuehuete mechones de cabello, fotografías, cruces, escapularios, incluso playeras y zapatos, para seguir su camino a pie hasta el santuario, donde depositan las coronas de flores y elevan sus plegarias al Cristo milagroso para pedir o agradecer algún favor que por ventura les fue concedido.

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En el atrio se realizan una serie de danzas por grupos de aztecas y concheros principalmente, pero también se realizan bailes tradicionales de las regiones que lo visitan en las diferentes fiestas que celebran en honor al Señor de Chalma: el miércoles de ceniza, el primer viernes de cuaresma, la semana santa, el domingo de Pentecostés, la fiesta de la Santa Cruz el 3 de mayo, el aniversario de la aparición el primero de julio, el 28 de agosto, fiesta de San Agustín de Hipona, patrono de la congregación que custodia el santuario y el 29 de septiembre, fiesta de San Miguel Arcángel.

Son numerosos los milagros que los fieles le atribuyen al Señor de Chalma, la mayoría de ellos registrados en exvotos que dan fe de estos portentos realizados, desde la curación de enfermos, hasta salir ilesos de fuertes accidentes o ser protegidos por el Señor durante un asalto violento. La fe de los fieles está puesta en el corazón de este gran Señor, del que se dice su estatura corresponde a la imagen plasmada en la Sábana Santa: Jesucristo, que con su muerte redimió a la humanidad.

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