La devoción a San José en México (de los Siglos XVI al XIX)

¿Por qué calla san José, sin verse en la lectura de la Sagrada Historia, ninguna palabra que él pronunciara? ¡Y así, todos entiendan que José calla porque el Verbo Divino es su Palabra!

Sor Juana Inés de la Cruz, Villancico IV.

Por: Humberto Raí Ramírez Jiménez

A lo largo de la historia del cristianismo, hemos encontrado múltiples ejemplos de devoción hacia los santos hombres y mujeres de vida heroica, especialmente desde los primeros siglos, a los que estuvieron en contacto directo con el Salvador. Tal es el caso especial de la Santísima Virgen María y de los apóstoles de Jesús y de los mártires. En el caso específico de san José, su devoción llegó tardíamente al pueblo cristiano. Los primeros indicios del culto a san José se remontan al siglo IV de la era cristiana entre los coptos, conmemorándolo el 20 de julio en su respectivo calendario.

En occidente, se remonta hacia el 1229 en el cual se encuentra en Bolonia una iglesia dedicada en su honor. Es así como la orden carmelita, es la primera en difundir y distribuir su culto desde oriente a occidente y tras aparecer entre las devociones de los dominicos en su calendario, su presencia entre los fieles fue creciendo.

     Es durante el pontificado del Papa Sixto IV, que san José fue introducido en el calendario romano, teniendo como la fecha de su celebración el 19 de marzo. Una conmemoración a la que se le dio la relevancia actual a partir del 1621, es que el Papa Pío IX que lo proclamó Patrono Universal de la Iglesia. Es durante esa época que muchos personajes que después en la mayoría de los casos gozaron de fama de santidad y fueron declarados santos, tuvieron en gran estima a san José y difundieron su vida y milagros obtenidos por su intercesión fue ganando terreno con mucha más fuerza.

     La devoción a san José en lo que hoy es el territorio mexicano, desde el siglo XVI a la llegada de la evangelización a estas tierras, jugó un papel importante en las devociones de la población, y es así que, durante el primer Concilio Mexicano, celebrado en 1555, se le dio el patrocinio sobre el Arzobispado de la Ciudad de México al Glorioso Patriarca. En el capítulo de los santos y sus devociones en el México virreinal fue muy rico y como formaban parte de la parentela de Jesús, tuvo junto a san Joaquín, santa Ana, santa Isabel, Zacarías y Juan el Bautista, mucha relevancia. En el caso especial de san José su figura fue importantísima por ser el padre putativo de Jesucristo, la fama de éste gran santo, durante este periodo y los años posteriores, dentro del mundo hispano, se debe a santa Teresa de Jesús, que le tuvo gran amor, y le llamaba “su padre y señor”, en palabras de santa Teresa, afirma y exhortaba que:  «Otros santos parece que tienen especial poder para solucionar ciertos problemas. Pero a San José le ha concedido Dios un gran poder para ayudar en todo». Hacia el final de su vida, la santa de la orden del Carmen señalaba: “Durante 40 años he pedido en la fiesta de San José alguna gracia o favor especial, y no me ha fallado ni una sola vez. Yo les digo a los que me escuchan que hagan el ensayo de rezar con fe a este gran santo, y verán qué grandes frutos van a conseguir».

San José con el Niño, Basílica de San José y Nuestra Señora del Sagrado Corazón, CDMX.

     A san José en el nuevo mundo, no solo se le veneraba como miembro y custodio de la Sagrada Familia de Nazaret, sino que al igual que del arzobispado, junto a otros santos también se le dio el patronazgo de la Ciudad de México.

Por tal motivo, la primera parroquia que estuvo dispuesta para la atención de los indígenas, juntamente con el hospital estuvo dedicada a su nombre y fue llamada San José de los Naturales en el convento de san Francisco en el corazón de la Ciudad de México. Se encontraba en el barrio prehispánico de Moyotla, el Hospital Real de San José de los Naturales fue una institución hospitalaria edificada entre 1529 y 1531 por la orden de los franciscanos, en virtud de la necesidad que tenía la población indígena recién conquistada de recibir atención médica, ya que como es sabido, además de las enfermedades comunes de esta tierra, los españoles llegaron a territorio mesoamericano trayendo consigo enfermedades que causaron estragos sobre todo entre la población originaria, quienes no contaban con una medicina que pusiera remedio a esos males, por ser enfermedades desconocidas hasta entonces por los indígenas de México.

     Posteriormente se fueron creando instituciones y cofradías en su honor, las cuales se pueden identificar como “cofradías josefinas” las cuales, al igual que muchas otras que se crearon en devoción al Cuerpo de Cristo, a la Virgen María, a las Ánimas del purgatorio de demás santos, las cuales se caracterizaban por tener una infraestructura compleja relacionada tanto con la administración de los bienes materiales, necesarios para subvencionar los gastos de sus miembros, como lo asociado con el culto divino y con la salvación del alma a través de la intercesión de su santo patrono.

Los Desposorios de la Virgen, Museo de la Basílica de Guadalupe.

De acuerdo con el historiador Jean Delumeau, las cofradías proporcionan un sentimiento de seguridad religiosa a un nivel personal, familiar y colectivo por lo que se establece una solidaridad local a través de la protección de los santos, las cuales contaban y siguen en la actualidad, con sus constituciones de fundación donde se especifican las fiestas obligatorias, los rezos comunales o personales y en general, se señala en qué momentos de la vida y del año litúrgico debe conmemorarse al santo patrono.

Esto conlleva a que los miembros deban reunirse en días especiales para las celebraciones propias, que organizan con el lujo y pompa correspondiente. Esta planeación festiva une a los cofrades no sólo de manera espiritual, sino también por los recursos económicos y humanos con que se cuenta. Un aspecto importante es que cada cofradía tenía al menos un altar, o si sus recursos materiales se lo permitían, una capilla que se volvía el punto de reunión donde se establecían relaciones sociales. Además, no puede dejarse de lado que cada uno de sus miembros podía representar a un grupo social, gremio o corporación religiosa específica.

     Durante los años del virreinato en México, hasta el siglo XIX, el culto que tuvo san José ha sido poco estudiado, también desde esos primeros años, se le instauró como abogado e intercesor contra las tormentas, los rayos y el granizo que tanto se padecían; también se estableció su festividad cada 19 de marzo. Para 1585, durante el Tercer Concilio se confirmó y se decretó que ésta se celebrara con octava. Su presencia no se limitó a la capital novohispana ya que fue patrono de ciudades importantes como la de Puebla de los Ángeles que desde 1556 se le encomendó cuidarla contra las tempestades y los rayos.

San José, venerado en la Ciudad de Puebla de los Ángeles.

     Desde fecha muy temprana comenzó la edificación de capillas dedicadas a él, tal es el caso de la anterior mencionada de “los Naturales” en cuyo atrio se encontraba la que sería la primera parroquia de indios en América dedicada en su honor. Existió otra capilla, pero sólo de españoles. El siglo XVII, se caracterizó por la fundación de capillas, parroquias, hospitales, conventos y misiones por lo que se infiere la aceptación y difusión de la devoción josefina entre españoles, indígenas y negros.

     En 1678 el rey Carlos II ordenó la declaratoria del santo como patrono y protector de España y sus dominios, aunque se revocó el 2 de octubre de 1679. Esta anulación, al parecer fue ignorada por el arzobispo virrey fray Payo Enríquez de Ribera, ya que para conmemorar esta declaratoria, se encargó de celebrar con procesiones y luminarias durante los días 6 y 7 de abril de 1680, ante la presencia de miembros de la Iglesia y el gobierno. Por ello, pudiera pensarse que a partir de ese año se da una renovación de la devoción a san José.

     De acuerdo con el cronista Antonio de Robles, hacia el año de 1701, se dice que por primera vez se comenzaron a celebrar las misas de san José en la catedral de México. En junio de 1703 se concedió el patrocinio para la ciudad y diócesis de México con fiesta y rezo y el año siguiente para la ciudad de Puebla.  En abril de 1722 se celebró el patrocinio de san José, que, aunque se había instituido desde el primer concilio con octava, al parecer no se había puesto en práctica sino hasta el año de 1704. Quizá a partir de este último periodo se puede entender el auge que cobró el desarrollo de un tipo iconográfico denominado el “Patrocinio de san José”, en el cual se presenta al santo coronado y bajo su manto, religiosos de distintas órdenes o el rey Carlos III; al virrey y del otro lado el papa Benedicto XIV y el arzobispo Francisco Antonio Lorenzana. El año de 1680 tiene relación con las cofradías puesto que está asociada a su fundación documentada, y la declaratoria se celebró en obispados tan importantes como Puebla, Nueva Galicia y Michoacán donde hubo este tipo de hermandades.

El tránsito de San José

     Al hablar de las cofradías josefinas en México, hay que señalar que las órdenes religiosas tuvieron gran interés en fundar en sus dominios dichas instituciones, en el caso de los franciscanos, en la ciudad de México, en la llamada capilla de san José de los españoles, renovada el 19 de marzo de 1657, se contaba con la cofradía de los carpinteros. En su interior había un retablo de columnas jónicas, con una escultura de san José y las paredes de ambos lados tenían lienzos con la vida del santo, firmadas por el pintor Baltasar de Echave el viejo.

Tenía su propia sacristía localizada a espaldas del altar mayor y una oficina donde se guardaban las cruces que salían en procesión cada Viernes Santo. En cuanto a la fiesta del santo se celebraba en las tardes con un sermón, la cual, por malas administraciones cayó y fue suplantada por los montañeses y cambiado el patrocinio por el santo Cristo de Burgos.

     Como se dijo antes, en el convento de san Francisco se encontraba la parroquia de san José de los Naturales, que tuvo privilegio de catedral con campanas. Ahí se celebró el primer Concilio Mexicano en 1555, donde se le declaró como patrono del arzobispado. Al ver la importancia de este templo, cabría pensar que en su interior al menos existiría una serie de la vida de san José. Contaba con doce altares –de los cuales no menciona su advocación- y cinco capillas: la del sagrario, la de la Purificación de la Virgen, la del Santo Sepulcro, la del bautismo y la del Tránsito de la Virgen. En cuanto a las cofradías hay una del Santísimo Sacramento, la de las Animas que tenía anexada la de la Cuerda, la del Santo Entierro, de la Santísima Trinidad del gremio de los sastres, la de la Soledad, la de san Juan Bautista, la del Tránsito de la Virgen y la de san Diego de Alcalá.

     De acuerdo con las crónicas, la orden contaba con fundaciones tales como: la cofradía de san José en el convento de san Francisco de México, los cuales eran carpinteros españoles, mestizos e indios, la cofradía de san José de los Morenos en el convento de san Francisco de Cholula Puebla, que estaba conformada por mulatos o negros, y la de españoles en Huejotzingo.

Otras órdenes religiosas que promovieron y fundaron cofradías para el culto a san José fue la orden de los mercedarios, y la orden de san Agustín que desde el año de 1698, contaba con una Bula de Indulgencias otorgada por el papa Inocencio XII por lo que cabe suponer que su fundación se puede datar antes de esta fecha, ya que también mencionan que el doctor Diego de Malpartida Senteno, deán de la Catedral de México fue el primer fundador de la cofradía, así como las dedicadas por la compañía de Jesús. La edificación de capillas dedicadas a san José, asociadas a la fundación de cofradías, está relacionada de fondo, a la exaltación de la Sagrada Familia, ya que primero se construía una capilla a la Virgen de Loreto y a un costado, otra dedicada a él.

La devoción italiana a la Virgen de Loreto fue introducida a la Nueva España, a partir de 1675, por el padre italiano Juan Bautista Zapa, quien trajo además de la imagen, las medidas de la santa casa que se empezaron a reproducir. La primera capilla de Loreto se dedicó en 1615, en la iglesia de san José el Real, conocida comúnmente como Casa Profesa. Y también otras tantas fundadas por el clero secular en el territorio mexicano, especialmente en Guerrero.

El desarrollo del culto a san José a través de la fundación de cofradías refleja varios aspectos. En primer lugar, que es imposible contar con una cifra exacta, ya que como se vio en los ejemplos mostrados, fue una minoría la que obtuvo las reales cédulas y autorizaciones eclesiásticas. Esto también imposibilita conocer el impacto que tuvo durante el periodo virreinal en México y sus diversas repercusiones como fue el arte y la religiosidad. Otro aspecto importante es tener presente la diversidad de la sociedad en la que convivían españoles, criollos, mestizos, indígenas, negros, y las mezclas de las anteriores, que lograban tener representación a través de alguna hermandad y un santo patrono. Sin embargo, la protección de san José no estuvo restringido a un grupo, por el contrario, las constituciones de las cofradías aceptaban tanto a mujeres, hombres, eclesiásticos o seculares establecidas en distintas ciudades, villas o pueblos.

    Las festividades principales fueron los Desposorios, el Tránsito, la Coronación, su Patronazgo y los días 19 de cada mes. Una devoción que también se difundió fue la de los 7 Dolores y Gozos de san José y al Sagrado Corazón de José, también se recordaba a santa Teresa de Ávila. Las cofradías en algunos casos compartían el título con alguna otra devoción, por lo que es probable que las de las Ánimas del Purgatorio también fueran devotas a san José. La representación del santo muchas veces está relacionada con su papel de padre por lo que se encuentra asociado a cofradías de la Sagrada Familia.

Esta revisión de la presencia de cofradías josefinas refleja que san José estuvo considerado como el gran intercesor, no sólo como mediador ante la muerte, sino como una de las principales devociones de la sociedad novohispana.

Si bien, la devoción a san José no fue del todo sana durante este periodo; tal es el caso de la representación del santo llamada, “san José de la luz” que fue una devoción prohibida durante la segunda mitad del siglo XVIII y qué generó imágenes josefinas con iconografía propia de la Virgen María, representación que fue prohibida por el Santo Oficio en el territorio novohispano. Sin embargo, el fervor popular se impuso a las disposiciones eclesiásticas. Tal lo explica el historiador Alejandro Andrade Campos:

“Existía una devoción tan fuerte en el siglo XVIII a San José que ciertas advocaciones que se le daban a la Virgen María le fueron otorgadas al santo. Surgieron préstamos de atributos iconográficos y de funciones devocionales aplicados por origen a la Virgen. La representación es casi igual, los mismos elementos iconográficos de la Virgen se trasladan al santo. Es de esas particularidades de la iconografía de San José y no existen muchos ejemplares de estas representaciones, sólo en contados museos y lugares”.

Fuentes:


Los santos y su devoción en Nueva España. Rogelio Ruiz Gomar

La fundación de Cofradías de san José en la Nueva España. Gabriela Sánchez Reyes.

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