San Martín de Tours: Caballero de Dios

“Jesús nunca te pedirá más de lo que puedas dar, pero tampoco menos de lo que puedas dar, porque Dios le pide a cada uno según su capacidad y posibilidad”.

Por: Diego Rodarte

Martín de Tours nació en el año 316 en Panonia, actual territorio de Hungría, hijo de un prestigiado militar romano, fiel a las costumbres paganas, por lo que fue consagrado a Marte, dios de la guerra, de donde procede el nombre de Martín.

Como todos los niños de aquella época, Martín permaneció bajo el cuidado y la educación de sus padres, quienes le enseñaron a comportarse en sociedad, así como los valores de los romanos primitivos como la austeridad, el respeto a los padres y a la ley, pero a la edad de 7 años fue enviado a la ciudad de Pavia, al norte de Italia, donde comenzó sus estudios bajo el modelo educativo griego que consistía en que los niños acudieran a una escuela donde se les enseñara de forma sistemática y escalonada lectura, escritura, cálculo, comentario de textos y oratoria, filosofía y el Código de Derecho Romano, lo que le garantizaba una buena formación.

Martín fue un excelente estudiante y superó con éxito los tres primeros años de la etapa primaria, fue en este tiempo cuando tuvo su primer contacto con los cristianos y comenzó a relacionarse con ellos, lo que provocó el enojo de su padre, quien le prohibió que los frecuentara.

Aunque el niño se sentía atraído por aquella religión, tuvo que obedecer a sus padres y cuando cumplió 14 años recibió la Toga Viril, una especie de túnica blanca sin adornos ni tintura que en la antigua Roma significaba el paso de la infancia a la adolescencia, a partir de que se recibía y vestía, se consideraba a la persona como ciudadano y podía ejercer los cargos del imperio y el servicio militar siempre y cuando no abandonara la autoridad paterna. El rito de investidura era presidido por la diosa Juventus, nombre que dio origen a la palabra juventud.

En el año 331, a la edad de 15 años, Martín ingresó al ejercito para seguir la carrera militar, honrando al Cesar, defendiendo al imperio y haciendo que se cumplan las leyes romanas, y con el fin de honrar y portar con dignidad el uniforme, los soldados debían pagar la mitad de su costo y la otra mitad la pagaba el imperio, de tal manera que solo la mitad del uniforme le pertenecía al legionario. Martín fue enviado a una zona de la actual Francia, llamada en aquel entonces Galia, donde sirvió a la guardia romana; fue ahí donde a través de un compañero conoció más acerca del cristianismo.

Después de varios momentos de charla y de hacer diversas preguntas, Martín fue conociendo más sobre Jesucristo y los cristianos, quedando convencido de que Cristo no era un invento, de que su resurrección fue real y que Él vive y puede resucitar a sus seguidores; además comprendió que la vida del cristiano implica compartir lo que somos y tenemos, viviendo las enseñanzas de Cristo todos los días en casa, en el trabajo o mientras vamos por el camino, pues más que una religión, Cristo nos enseñó una forma de vida.

Aunque aún no recibía el bautismo, Martín comenzó a vivir siguiendo algunas enseñanzas de Cristo.

En el año 337, cuando Martín tenía seis años de colaborar en la milicia y cumplía 21 años de edad, un crudo invierno azotó fuertemente a la actual Francia. Bajo esas condiciones, el joven se encontraba prestando su servicio en el pueblo de Amiens. Por alguna misión particular tuvo que salir momentáneamente de la población sin llevar consigo más que su propio uniforme y cuando regresaba, al acercarse a la puerta de la ciudad, vio a lo lejos desde su caballo a un hombre casi desnudo tirado en el camino titiritando de frío.

Martín se acercó al mendigo y se quitó la capa del uniforme para cubrirlo, pero recordó que la mitad de la capa era del ejército, por lo que tomó su espada y cortó la capa por la mitad entregándole al menesteroso la mitad de la capa que le pertenecía.

Aquel hombre se cubrió con la capa militar y sin palabras, pero con una mirada muy especial, agradeció el gesto de aquel noble soldado que cabalgó velozmente y de inmediato a su cuartel para regresar con más ayuda para el mendigo. Poco después, Martín regresó al lugar, pero no encontró al hombre, y por más que preguntó a los vecinos o caminantes, nadie supo darle razón de él y por más que cabalgó por los caminos y preguntó en las hospederías no volvió a ver al indigente.

Dándose por vencido, regresó a su residencia y sucedió que, mientras Martín dormía tuvo un visión en la que Jesús le dijo:

“Martín, hoy salí a tu encuentro y tú me recibiste. En una ocasión enseñé a mis discípulos que serían juzgados por dar alimento, bebida, vestido y cobijo al más necesitado y tú lo hiciste conmigo, porque Yo era aquel menesteroso de quien te compadeciste. En esta ocasión compartiste tu capa, pero estoy seguro que un día compartirás tu vida misma al servicio de los demás”.

En ese momento, Martín vio que Jesús le mostraba el fragmento de la capa que le había entregado.

Al día siguiente, tuvo la intención de abandonar el ejército y dedicarse a ayudar a los necesitados, pero recordó que el servicio militar duraba 25 años y que quien desertaba podía sufrir la pena capital, además, no quería defraudar a su padre que le había heredado ese cargo, así que tomó la decisión de recibir el bautismo una vez que terminara su servicio y esforzarse por conocer más de Cristo y sus mandamientos en lo que el tiempo propicio llegara.

Martín tuvo una verdadera conversión y se caracterizó por ayudar siempre a sus compañeros, además evitó salir a las batallas que implicaban matar al enemigo. Así pasaron los años hasta que en el año 356, al llegar a la edad de 40 años y cumplir con los 25 años de servicio al imperio, aquel soldado pudo retirarse en medio del reconocimiento de sus compañeros y subalternos.

Libre de todo compromiso, fue acogido por quienes lo habían acercado a Cristo y se puso al servicio de San Hilario, Obispo de Poitiers. Ya bautizado, Martín se unió a los discípulos del Obispo para recibir una buena preparación y defender la fe de las herejías de los Arrianos, una secta que comenzó a difundir un error doctrinal, afirmando que el Hijo de Dios no existe desde siempre, reduciendo su divinidad asegurando que Dios Padre lo creó y que es una criatura de Dios, por lo tanto, negaban el dogma de la Trinidad.

Martín cabalgaba grandes distancias predicando la doctrina cristiana, enseñando a todo aquel que se encontraba en el camino y como lo veían siempre a caballo, la gente comenzó a llamarlo Martín Caballero. Esto hizo que los habitantes de Tours, una ciudad cercana al norte de Poitiers, pusieran su atención en aquel caballero sencillo y con actitud de servicio, pues llevaban tiempo sin un Obispo que los guiara como Iglesia.

Es importante señalar que después de la época de los Apóstoles, en que ellos al ir predicando por diversas regiones, iban designando a los obispos o responsables de cada región. Durante la siguiente etapa, eran los cristianos quienes elegían por aclamación popular a los obispos, y como la ley de que fueran solteros o vivieran en celibato se hizo popular hasta después, muchos de los obispos electos estaban casados. En este contexto, toda la población de Tours estuvo de acuerdo en que Martín fuera su Obispo.

Considerando que era algo inmerecido, Martín rechazó inicialmente la propuesta y solo ante la constante insistencia aceptó, pero puso algunas condiciones, una de ellas fue que le permitieran fundar un monasterio alejado del bullicio de la ciudad, donde pudiera formar nuevos evangelizadores en medio de un ambiente de oración y silencio.

El pueblo aceptó gustoso y Martín, a los 54 años de edad se convirtió en el Obispo de Tours. La experiencia que adquirió en el ejército fue muy valiosa, porque tenía estrategias para que la comunicación fuera eficaz y la repartición de ropas y alimentos llegara pronto a los más necesitados, además tenía muy buenos contactos con los médicos y conocía la información y experiencia sobre los medicamentos de aquella época que se guardaban en los libros romanos.

Tal era el cariño y la gratitud de los fieles hacia su Obispo, que cada vez que Martín visitaba una casa para llevar auxilio material o espiritual, los que vivían ahí daban testimonio de su paso y de su agradecimiento colocando una herradura en la puerta, con eso, todos sabían que el Obispo Martín de Tours con su caballo había pasado por ese lugar.

Así, en forma popular, la herradura se convirtió en muchos lugares en signo de bendición o buena fortuna. Pero aunque Martín se preocupaba por eliminar el hambre y la pobreza, le preocupaba también quitar el poder del gnosticismo y el maniqueísmo.

Por un lado, el gnosticismo enseñaban que no se necesita la palabra de Dios ni de los sacramentos, ni las buenas obras, ni a Cristo para salvarse, por lo tanto, el sacrificio y la muerte de Cristo fueron inútiles porque el hombre se puede salvar solo, sin Dios. Quienes se dejan llevar por este pensamiento afirman que es suficiente con el conocimiento y por lo tanto, quienes no tienen la oportunidad de estudiar no pueden salvarse, aunque estén unidos a Dios y a las buenas obras. Por su parte, el maniqueísmo afirma que solo lo espiritual es bueno, pero desprecia el cuerpo y toda la creación.

Aunque Martín luchaba para que no se difundieran estas herejías, tenía mucha compasión de quienes habían caído en el error e incluso de quienes los difundían, por lo que intercedía por ellos y pedía por su conversión y cada vez que predicaba repetía: “recuerden que enseñar al que no sabe y corregir al que se equivoca son obras de misericordia, así actuó Cristo y así debemos actuar sus discípulos”.

Después de muchos años de recorrer las tierras encomendadas, llevando la buena nueva de Jesucristo a través de la palabra y las obras de misericordia, de ordenar todo su territorio, preparar de la mejor manera a sus sacerdotes y celebrar con fervor los sacramentos, Martín, tercer Obispo de Tours falleció el 9 de noviembre del año 397 a los 81 años de edad mientras ejercía su labor episcopal.

Su cuerpo fue trasladado a Tours y fue modestamente sepultado el 11 de noviembre de 397, tres días después de su muerte, en un cementerio cristiano a las afueras de la ciudad. Como todos consideraban a Martín un santo, las visitas a su tumba se hicieron muy frecuentes y llegaban devotos desde lugares lejanos. No faltaron quienes, agradeciendo algún milagro recibido por su intercesión o para pedir alguna gracia, colocaban herraduras recordando sus cabalgatas.

Para el año 437, cuarenta años después de la muerte de San Martín, se construyó sobre su tumba una pequeña edificación de madera en la que se colocó la media capa que se guardó después de que Cristo se presentó como indigente y que se consideraba una reliquia.

Era tal la cantidad de peregrinos que llegaban a orar al pequeño santuario, que los fieles comenzaron a utilizar la expresión “fui a ver la capilla de San Martín”, refiriéndose a la media capa, por lo que se empezó a utilizar la palabra capilla para designar el lugar donde se conservaba la reliquia del santo, posteriormente se comenzó a usar la misma palabra para las pequeñas construcciones o lugares donde se conservaran reliquias o que fueran lugares dedicados a la oración y que hoy conocemos como capillas.

Años más tarde, en el mismo lugar se edificó la primera Basílica en honor a San Martín de Tours, dedicada el 4 de julio del año 470, noventa y nueve años después del Ascenso de San Martín al Episcopado de Tours. El cuerpo de San Martín fue colocado en un sarcófago detrás del altar principal de la Basílica para que los fieles pudieran venerarlo. Tours se convirtió en un importante lugar de peregrinación y formó parte del camino a Santiago de Compostela.

Durante la guerra religiosa de 1562, el relicario de San Martín fue quemado por los protestantes y solo se conservó un pedazo de cráneo y un hueso del brazo. No obstante el daño a las reliquias y el deterioro del santuario, la veneración a San Martín Caballero se ha extendido por todo el mundo y hasta nuestros días.

Los comerciantes lo han adoptado como su Santo Patrono, porque al partir su capa a la mitad y dar al indigente solo la parte que podía, nos recuerda que nadie puede dar más de lo que puede, pero tampoco menos de lo que puede; los comerciantes no pueden obsequiar su patrimonio porque es lo que tienen para vivir, pero lo que sí pueden ofrecer es atención, calidad, precios y medidas justas.

A San Martín Caballero se le representa montado en su caballo, portando el uniforme militar romano y partiendo su capa, siendo esta la imagen más popular, pero en las parroquias dedicadas a su patrocinio se le representa con su investidura como Obispo de Tours.

Su fiesta se celebra el 11 de noviembre de cada año.

Texto original: Pbro. José de Jesús Aguilar Valdés

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