Nuestra Señora de la Soledad de Santa Cruz

“Sola con tu soledad nos acompañas María, también la Iglesia está sola y espera en tu compañía”.

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Por: Diego Rodarte

Cada Viernes de Dolores, en los límites del popular barrio de la Merced, se revive la tradición de celebrar a Nuestra Señora de la Soledad de Santa Cruz cuya devoción se fue perdiendo en la memoria de la gran ciudad pero que en esta fecha y en los días santos atrae a muchos fieles que la visitan en el templo de La Soledad y Santa Cruz de México, en la alcaldía Venustiano Carranza.

En las vísperas del Viernes de Dolores la sagrada imagen de la Soledad es bajada de su altar y colocada al pie del presbiterio para que sus fieles puedan venerarla devotamente besando su manto y elevando sus oraciones. El viernes por la mañana, la Virgen de la Soledad sale de su templo en procesión para recorrer las calles del barrio dedicado al comercio. Las alabanzas de los concheros y la alegría de un mariachi popular contrastan mitigando el dolor de la Virgen que llora el martirio de su Hijo Jesucristo.

La gente sencilla del barrio la recibe con improvisados altares donde se rezan Los Siete Dolores de la Virgen María y regalan tortas, naranjas y agua a quienes acompañan a la Soledad en su caminar por las calles del barrio adornado de color morado, mientras se arrojan pétalos de rosa o se reparten flores honrando el paso de la Patrona que visitó la iglesia de Manzanares y pasó por enfrente del Mercado de la Merced.

Al final de la procesión, una Misa Solemne es el centro de la celebración del Viernes de Dolores, una fecha que siglos atrás era de las más importantes e imponentes del centro de la Ciudad de México previas a la Semana Santa y que hoy sobrevive como la fiesta patronal de los vecinos y comerciantes que habitan en los alrededores de la Plaza de la Soledad.

ORIGEN DE LA DEVOCIÓN

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De acuerdo con datos históricos, este templo fue una pequeña ermita levantada en el antiguo barrio indígena de Cuauhtzingo o Coltzingo, y fue una de las primeras parroquias de indios dedicada desde sus inicios a la Santa Cruz.

A su llegada a la Nueva España, los padres Agustinos solicitaron al Obispo Alonso de Montúfar una doctrina de indios que les permitiera impartir educación en idioma mexicano, petición que les fue concedida por orden de Felipe II, en la que se les otorgó la parroquia de San Pablo que administraban los frailes franciscanos junto con la ermita de la Santa Cruz, que con el tiempo, los Agustinos ampliaron y embellecieron para darle la dignidad que merecía, y en octubre de 1731 fue bendecida y dedicada solemnemente como Parroquia de Indios, pero en 1750 fue entregada al clero secular por orden del Arzobispo Don Manuel Rubio y Salinas.

Fuer el sacerdote Antonio de Torres quien por devoción particular introdujo el culto a la Virgen de la Soledad en la parroquia de Santa Cruz, tomando de la sacristía una imagen de Nuestra Señora a la que revistió piadosamente y presentó ante los fieles para que le rindieran veneración, asociando esta advocación con el título del templo, dándole el nombre de Nuestra Señora de la Soledad de Santa Cruz.

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Esta nueva advocación fue bien recibida por los fieles, y su devoción se fue extendiendo más allá de la Ciudad de México durante el resto del siglo XVIII y sin estar asociada a un hecho prodigioso, fue considerada una imagen milagrosa en la que el pueblo buscaba consuelo en sus aflicciones, dando testimonio de sus favores en los exvotos que le fueron dedicados.

En 1753, el Doctor Don Gregorio Pérez Cancio es nombrado cura secular del templo de Santa Cruz y fue el fundador de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, la cual, contaba con varias indulgencias papales y se estableció como fiesta principal el Viernes de Dolores, día en que la Virgen de la Soledad era sacada en procesión solemne. Con las limosnas que la cofradía recaudaba, comenzaron los trabajos para reedificar el templo que conocemos en la actualidad, concluida la obra en 1787 y dedicado solemnemente el 5 de septiembre de 1792.

El culto a Nuestra Señora de la Soledad seguía vigente a principios del siglo XX, pero en 1925, el templo fue entregado por el gobierno de Plutarco Elías Calles a una supuesta Iglesia Católica Apostólica Mexicana que tenía la intención de romper los lazos que existían entre el Clero Mexicano y la Santa Sede.

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Esto generó una serie de enfrentamientos violentos e incluso, el Arzobispo José Mora y del Río envió una circular a todas las parroquias poniendo en entredicho el templo de la Soledad y Santa Cruz, estableciendo que todo feligrés que se acercara a las puertas de la parroquia, aunque solo fuera a visitar a la Virgen, sería excomulgado, lo derivó en la falta de limosnas que pudieran sostener el templo y a sus encargados, encabezados por  José Joaquín Pérez Budar, “El Patriarca Pérez”, quienes tomaron la decisión de empeñar la imagen de la Virgen y algunos objetos de valor en el Monte de Piedad, que más tarde fueron rescatados por el Arzobispado.

La tensión entre devotos y la “Iglesia” usurpadora creció de tal manera, que el presidente Calles ordenó a Pérez Budar desalojar el templo de la Soledad y lo entregó a la Secretaría de Educación Pública que lo convirtió en biblioteca. Fue hasta el 25 de julio de 1930, cuando Arzobispado de México tomó posesión nuevamente de la Parroquia, reanudándose el culto católico, pero con el tiempo, la devoción a la Virgen de la Soledad fue decayendo hasta quedar en el olvido.

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En la actualidad, quienes son devotos de la Virgen Dolorosa, acuden a la Parraoquia de la Soledad y Santa Cruz para contemplar le bendita imagen y la arquitectura del templo que desafortunadamente ha sufrido los embates del tiempo, los fenómenos naturales y de la delincuencia, sin embargo, sigue siendo un templo vivo que el Viernes de Dolores se llena de color con el tianguis de tejedores de palmas para el Domingo de Ramos que se coloca a los alrededores del templo. También es un sitio concurrido y casi obligado para quienes visitan el Centro Histórico el Viernes Santo para dar el pésame a la Santísima Virgen, costumbre que mantienen viva la memoria de una devoción que siglos atrás fue una de las de mayor arraigo en la Ciudad de México.

Con información de: Tacho Juárez Herrera

 

 

 

 

 

 

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