El Día de la Candelaria

“El Señor es mi luz y mi salvación”.

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Por: Diego Rodarte

El libro del Levítico menciona que una mujer después de dar a luz a un hijo varón debía esperar 40 días para ir al templo a purificarse, y si era niña debía esperar 80 días, por lo que la Virgen María, tras dar a luz al hijo de Dios, después de cumplir dicha cuarentena acude al templo acompañada de San José llevando dos pichones o dos tórtolas como lo exigía la ley.

De estos dos animales uno era sacrificado y su sangre se rociaba sobre el pichón o tórtola para después dejarlo en libertad como signo de purificación de la mujer, ya que los judíos consideraban que una mujer al derramar sangre en el parto quedaba impura. Aunque la Virgen María tuvo un parto virginal, es decir, no derramó sangre, cumple por obediencia las tradiciones judías y a los cuarenta días lleva al niño Jesús para presentarlo al templo y sobre todo para purificarse.

Aquel día la Virgen María y San José tienen un encuentro con el anciano Simeón, un hombre justo que recibió la promesa del Espíritu Santo de que no moriría sin antes ver al salvador, y tras tomar al niño en brazos y dar gracias a Dios por haber cumplido su promesa, anunció a María los sufrimientos y dolores que padecería como madre del Mesías: “Una espada traspasará tu corazón para dejar al descubierto los pensamientos de muchos corazones”.

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Los primeros cristianos le dieron a la fiesta del 2 de febrero un sentido de purificación, por lo que acudía a confesarse y para indicar que estaban arrepentidos hacían una gran procesión con velas que evocaban el reconocimiento que hizo el anciano Simeón al hablar sobre Jesús “Este niño será… luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”, por lo que las velas que se bendicen durante la misa de la fiesta de la Presentación del Señor al Templo representan a Jesús como luz de las naciones, así que el día de la Candelaria es la fiesta de la luz.

Popularmente se le llama Día de la Candelaria, porque antiguamente a las velas se les llamaba candelas, y era tal la cantidad de candelas que se bendecían que los fieles identificaron este día con el nombre de La Candelaria, y por tratarse de una fiesta de carácter Mariano, comenzaron a surgir advocaciones de la Virgen María a la que identificaron con el nombre de la Virgen de la Candelaria.

En México la celebración se enriqueció con la tradición de llevar la imagen del Niño Dios que levantan del nacimiento para llevarla al templo acompañado de velas para recordar la Presentación del Señor al Templo. Parte de la tradición es revestirlo con ropas especiales, y se le colocaban figuras de palomas que recuerdan la tradición judía, así surgió la advocación del Niño de las Palomas.

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Con el paso del tiempo se hizo costumbre revestir la imagen del Niño Jesús con ropones o trajes alusivos a alguna advocación de Jesús ya sea en su infancia o en su etapa adulta, evocando los misterios de su encarnación, pasión, muerte y resurrección. Desafortunadamente, en los últimos años, por ignorancia o falta de información, los fieles visten de forma incorrecta la imagen del Niño Dios, pues lo visten de santos, ángeles, futbolistas, personajes ficticios o cosas relacionadas con el esoterismo y la superstición, esto debe corregirse porque Cristo es el Hijo de Dios y está por encima de los ángeles y los santos, razón por la que su imagen debe ser tratada con dignidad y respeto.

Aunque por tradición suele vestirse la imagen del Niño Dios con algunos trajes acorde a la región donde se venera, debe cuidarse su identidad, por lo que hay que tener cuidado de no colocar adornos, máscaras o sombreros que lejos de identificarlo como el Redentor, disfracen y hasta ridiculicen la esencia sagrada de la imagen.

Pero vestir la imagen del Niño Dios también tiene un sentido profundo, pues es un acto de piedad que nos invita a practicar las obras de misericordia y es un compromiso para vestir a los pobres física y espiritualmente; también es una invitación a revestirnos nosotros mismos con la gracia de Dios mediante la conversión y el arrepentimiento.

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LA TRADICIÓN DE LOS TAMALES

Otra tradición arraigada el Día de la Candelaria es que aquellas personas a las que les salió “el niño” en la Rosca de Reyes el 6 de enero se conviertían en padrinos del Niño Dios y eran los encargados de llevar a vestir la imagen y presentarla al templo el 2 de febrero. Con el tiempo esta costumbre se modificó y quienes son bendecidos con la presencia del niño en su rosca tendrán que poner los tamales y el chocolate para la fiesta de la Candelaria en honor al Niño Dios.

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Sin embargo, la tradición de los tamales surge de la fusión de dos culturas, pues se sabe que en la época prehispánica los indígenas llevaban tamales a sus templos el primer día del año azteca en honor a  Tláloc, Chalchiuhtlicue, Quetzalcóatl y otras deidades menores para dar inicio con el calendario agrícola.

Por esta razón, también es costumbre llevar a bendecir diferentes tipos de semillas junto con las velas y la imagen del Niño Dios, y así pedir por un año de cosechas abundantes. Siendo el maíz un elemento relacionado cien por ciento con la tierra, comer tamales el Día de la Candelaria es una ofrenda al Niño Jesús, quien con su sangre derramada en la cruz purificó a la humanidad y es semilla abundante de gracia.

 

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