La historia del Santo Niño Cieguito

“Por las faltas de respeto e impiedad en las iglesias y ante el sagrario, perdón Señor, perdón”.

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Por: Diego Rodarte

Ciudad de Puebla

Cuentan que en el convento de Nuestra Señora de la Merced, en la ciudad de Valladolid, hoy estado de Morelia, se veneraba una hermosa imagen de la Virgen de la Merced que llevaba en sus brazos un pequeño niño Jesús, del que se dice, sus ojos eran de esmeraldas. Era el 10 de agosto de 1744 y los padres mercedarios habían celebrado con una solemne misa la fiesta de San Lorenzo Mártir, que era el patrono de la capilla anexa al convento.

Aquella noche, concluidas las celebraciones, los frailes cerraron las puertas del templo sin percatarse que un hombre se había quedado escondido con la intención de robar objetos de valor. A la media noche, el sujeto comenzó a tomar todo lo que tenía a su alcance y después subió al altar para robar la joyería que ataviaba a la Virgen, pero al comenzar su fechoría, el malhechor escuchó en lo profundo de su conciencia el llanto de un niño que parecía proceder de la imagen del niño Jesús.

Asustado y con el temor de ser descubierto, el ladrón tapó la boca del niño, pero al sentir su mirada y notar las joyas de sus ojos, lo arrancó de los brazos de la Virgen y lo colocó en el costal junto con los objetos robados y huyó hacia el cerro de Punjuato, donde desesperado por el continuo llanto que escuchaba, sacó un punzón y arrancó los ojos del niño para extraer las esmeraldas, pero para su sorpresa, la imagen derramó lágrimas de sangre. Algunas versiones cuentan que el hombre, exasperado, mutiló los brazos y las piernas de la imagen, y asustado por aquel prodigio, abandonó al niño en un agujero.

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Al día siguiente, los padres mercedarios se dieron cuenta del robo así como de la desaparición del niño que la Virgen llevaba en sus brazos y de inmediato, dieron parte a las autoridades, quienes después de una larga investigación identificaron al ladrón y lo arrestaron. En su declaración, el delincuente confesó el sacrilegio cometido y el portento del que fue testigo, revelando el lugar donde había abandonado la imagen.

Se dice que fue un indígena quien encontró al niño y lo llevó de regreso al templo, donde fue recibido con mucha tristeza y en su honor se realizaron actos de expiación y desagravio por aquella terrible profanación. El Padre Superior de los Mercedarios, Fray José Miguel Durán de la Huerta, tomó la decisión de enviar la imagen al Convento de las Capuchinas en Puebla para que fuera restaurado y resguardado en aquel lugar, por tratarse de un sitio expiatorio que conserva algunas imágenes de culto que fueron profanadas.

Fue la abadesa del convento, Sor María Manuela Josefa, la encargada de recibir la imagen, y tras una misa solemne, fueron reparados los daños que sufrió, sin embargo, se tomó la decisión de no colocarle los ojos para respetar el milagro del llanto de sangre y se le dio el nombre de El Santo Niño Cieguito, además fue revestido con los símbolos de la Pasión de Cristo: cabellera, una corona de espinas con tres potencias, cendal, una cruz en la mano derecha y una bandeja con dos ojos en la mano izquierda recordando la profanación y los ultrajes de los que fue objeto.

Actualmente, la imagen original del Niño Cieguito se puede observar en una ventana del convento de las Capuchinas, rodeado de milagritos y otros exvotos que dan fe de los milagros que el Niño Jesús concede a quienes se acercan a Él con confianza.

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El templo de San Joaquín y Santa Ana ubicado a un costado del convento, es la sede de la devoción del Niño Cieguito, pues a un costado del altar mayor se encuentra una réplica de la sagrada imagen con los símbolos que lo identifican, a la que visitan fieles y curiosos para conocer y dejar sus peticiones en manos de esta advocación del Niño Jesús a la que se le atribuyen milagros como la sanación de enfermedades de la vista, pero también la cura de enfermos de cáncer y otras enfermedades terminales.

Cada 10 de agosto, decenas de fieles acuden a este lugar para celebrar la fiesta del Niño Cieguito en el aniversario de aquel fatídico día en que fue profanado, y para alegrarlo le llevan ofrendas como juguetes, flores y la música de distintos grupos de mariachis que a lo largo del día entonan cantos para agradecer los favores recibidos.

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